Aunque hay cada vez menos hombres y mujeres dedicados a la hechura de merengues típicos, existen quienes aún montan con destreza en sus cabezas, charolas surtidas de éstos y otras delicias.

El merengue mexicano se realiza batiendo las claras de huevo hasta que se esponjen y alcancen el punto de nieve. Se le agrega un poco de azúcar y su chorrito de pulque. Finalmente se pinta con colorante vegetal rosa.
La historia del merengue es muy antigua, sin embargo, su arraigo cultura ya era ilustrado por Diego Rivera en su Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central de 1947. En la imagen se muestra un merenguero con su charola en la que transporta los deliciosos dulces tradicionales y vestido con la ropa de manta, indumentaria ya extinta en el centro de México. Allí, el merenguero comparte la primera plana junto a la Catrina y los héroes nacionales.

La creación del merengue se atribuye al pastelero Gasparini en 1600 en Francia. Sin embargo, fue la hija del rey Estanislao I Leszczynski quien puso de moda este dulce durante su boda con Luis XV.
Para encontrarles sólo hay que pasar una tarde en los parques, estar afuera de algunos restaurantes o recorrer las plazas públicas en un fin de semana. Tal vez para los jóvenes sea poco atractiva la golosina, pero para los adultos, que los conocen de toda la vida, es un placer volver a la infancia con estos dulces. Además, seguramente más de uno aún juega a los famosos volados, una suerte típica de los merengueros donde, al momento de consumar la compra, apostaban con sus clientes dos merengues por el precio de uno o, en caso de ganar, pago doble y sólo darle uno al cliente.

Para ser merenguero, coinciden los que ejercen este oficio, “uno debe tener suerte”. Fortuna para vender y no perder la mercancía en una caprichosa vuelta de “águila o sol”. El origen de esta tradición se pierde en la memoria de la vieja guardia del azar, sin embargo, la primigenia costumbre se conserva hoy en día, disminuida, pero firme: el volado.
Cada vez es menos frecuente la venta de merengues, sin embargo, con un poco de suerte, aún pueden encontrarse algunos merengueros dispuestos a dejar que el águila o sol defina su fortuna.



